Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Estrictamente, como siempre —dijo el Caballero Rojo y, entonces, empezaron a golpearse con tal furia que Alicia se ocultó detrás de un árbol para estar a salvo de los porrazos.

«¿Cuáles serán, quisiera yo saber, esas reglas del combate? —se preguntó Alicia mientras observaba la lucha, lanzando tímidas miradas desde su escondrijo—. Según parece, una regla es que, si un caballero da al otro, lo derriba del caballo; y si falla, el que cae es él… y otra regla es que sostienen sus mazas con ambas manos como si fuera en un teatro de polichinelas… ¡Qué ruido arman al caer! ¡Igual que si cayeran sobre el guardafuegos todos los hierros de la chimenea! ¡Y qué quietos están los caballos! ¡Se dejan montar y los dejan caer como si fuesen de madera!»

Otra regla del combate, que Alicia aún no había considerado, parecía requerir que siempre cayeran de cabeza; y la lucha concluyó al caer ambos, uno al lado del otro, así. Cuando se incorporaron, se dieron un apretón de manos y, luego, el Caballero Rojo montó de nuevo y se alejó al galope.

—Fue una victoria gloriosa, ¿no es cierto? —dijo el Caballero Blanco a Alicia mientras se le aproximaba jadeando.

—No lo sé —dijo insegura la niña—. No quiero ser prisionera de nadie. Lo que quiero es ser Reina.


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