Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Lo serás cuando hayas cruzado el siguiente arroyo —dijo el Caballero Blanco—. Te dejaré bien a salvo en el linde del bosque… y luego me volveré. Pues, ya sabes, ahà termina mi movimiento.
—MuchÃsimas gracias —dijo Alicia—. ¿Quiere que le ayude a quitarse el yelmo? —Evidentemente él no podÃa manejarse solo; y ella al fin, tras vigorosas sacudidas, sà consiguió quitarle el yelmo.
—Ahora puede uno respirar —dijo el Caballero, alisándose el pelo hacia atrás, con ambas manos, y volviendo hacia Alicia su bondadoso rostro y sus grandes ojos llenos de ternura. Alicia pensó que no habÃa visto en toda su vida a un soldado de aspecto tan extraño.
Lo revestÃa una armadura de hojalata, que le sentaba francamente mal, y llevaba sujeta a la espalda una extraña cajita de madera, puesta al revés y con la tapa abierta, colgando. Alicia la examinó con mucha curiosidad.
—Veo que te causa sorpresa mi cajita —dijo en tono amistoso el Caballero—. Es de mi propia invención… para guardar ropa y bocadillos. Como ves, la llevo boca abajo para que la lluvia no entre dentro.
—Pero saldrán fuera las cosas —observó amablemente Alicia—. ¿No ha notado que lleva la tapa abierta?