Alicia en el PaĂs de las Maravillas
Alicia en el PaĂs de las Maravillas —No —dijo el Caballero con el rostro algo ensombrecido por la contrariedad—. ¡Entonces se me habrá caĂdo todo! Y una caja vacĂa no tiene ninguna utilidad. —Mientras asĂ hablaba, se zafĂł de ella y ya estaba a punto de arrojarla a unos matorrales cuando, de pronto, una sĂşbita idea le hizo rectificar y la colgĂł con sumo cuidado de un árbol—. ÂżAdivinas por quĂ© lo hago? —le dijo a Alicia.
Alicia negĂł con la cabeza.
—Con la esperanza de que las abejas hagan nido en ella… AsĂ conseguirĂa miel.
—Pero si ya tiene una colmena… o algo parecido… sujeta a la silla —dijo Alicia.
—SĂ, es una colmena magnĂfica —dijo en tono descontento el Caballero—, de la mejor calidad. Pero ni una sola abeja se ha acercado a ella. Y la otra cosa, al lado, es una ratonera. Supongo que los ratones alejan a las abejas… o las abejas a los ratones, no sĂ© bien.
—Precisamente no entendĂa para quĂ© estaba la ratonera —dijo Alicia—. Es poco probable encontrar un ratĂłn sobre el lomo de un caballo.
—Es poco probable —dijo el Caballero—, pero no imposible, y si ocurriera, no me gustarĂa que anduvieran correteando por todas partes. Mira —añadiĂł tras una pausa—, hay que preverlo todo. Por eso el caballo lleva tantos brazaletes en las patas.