Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Se levantó, pues, y se puso a caminar, primero un poco tiesa por miedo a que se le cayera la corona, pero luego más animada al considerar que, al fin y al cabo, nadie la veÃa.
—Y si soy realmente una Reina —dijo mientras se volvÃa a sentar—, con los años ya iré aprendiendo a comportarme.
Como todo lo que le ocurrÃa era tan extraño, no se sorprendió nada al ver que a cada lado tenÃa sentadas a las Reinas Roja y Blanca. Sintió entonces muchas ganas de preguntarles cómo habÃan llegado ahÃ, pero no lo hizo por miedo a que la pregunta resultase incorrecta. En cambio, pensó: «No veo nada malo en preguntarles si ha concluido la partida».
—Por favor, ¿podrÃa decirme…? —empezó, en voz alta, dirigiéndose tÃmidamente a la Reina Roja.
—¡No hables si no te preguntan! —la interrumpió bruscamente la Reina.
—Pero si todo el mundo siguiera esa regla —dijo Alicia, siempre predispuesta a discutir un poco— y si una hablara solo cuando le preguntasen, y la otra esperara a que hablase la primera, nadie dirÃa nada; asà que…