Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Yo sé para qué fue —prosiguió Alicia—: querÃa castigar a los peces, porque…
Pero, entonces, la Reina Blanca reanudó su historia.
—¡No podéis imaginar qué tormenta más terrible fue aquella! —(«Ella sà que nunca lo podrá imaginar», dijo la Reina Roja)—. Y se desplomó parte del techo… y de tanto trueno que entró… rodando con gran estruendo por el cuarto… volcando mesas, todo… ¡y me asusté tanto que ni mi propio nombre podÃa recordar!
«¡A mà no se me ocurrirÃa —pensó Alicia— tratar de recordar mi nombre en medio de semejante catástrofe! ¿Para qué?» Pero no lo dijo en voz alta por no ofender a la pobre Reina.
—Su Majestad debe excusarla —dijo la Reina Roja a Alicia, mientras tomaba una de las manos de la Reina Blanca entre las suyas y la acariciaba suavemente—; su intención es buena pero, por regla general, no puede evitar decir tonterÃas.
La Reina Blanca miró tÃmidamente a Alicia. La muchacha sintió que debÃa decirle algo amable, pero la verdad era que no se le ocurrÃa nada en aquel momento.
—En realidad, no recibió una educación muy esmerada que digamos —prosiguió la Reina Roja—, ¡pero es asombroso el buen carácter que tiene! ¡Dale palmaditas en la cabeza, verás cuánto le gusta! —Pero Alicia no se atrevió a hacer lo que la otra le sugerÃa.