Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¿Qué hago yo ahora? —exclamó Alicia, muy perpleja al ver que una redonda cabeza primero y luego la otra le rodaban desde los hombros para caer al fin, como dos pesados fardos, sobre su regazo—. No creo que nadie, hasta el presente al menos, haya tenido que cuidar simultáneamente de dos Reinas dormidas… No, nunca ¡en toda la historia de Inglaterra…! Imposible, claro, porque nunca hubo más de una Reina a la vez sentada en el trono. Asà que ¡despierten, dormilonas! —dijo en tono impaciente, sin recibir otra respuesta que unos benignos ronquidos.
Estos, poco a poco, fueron modificándose hasta sonar, al final, como una canción: Alicia podÃa incluso distinguir la letra y se puso a escucharla con tanta concentración que, cuando las dos cabezas reales se desvanecieron súbitamente de su regazo, casi ni se dio cuenta.
Estaba de pie ante el arco de una puerta sobre la que se leÃa, en grandes caracteres, REINA ALICIA. A ambos lados del arco habÃa sendas manijas: «Campanilla de visitantes», decÃa una, y «de servicio», decÃa la otra.