Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Nada! —respondió Alicia con impaciencia—. La he estado aporreando ¡y nada!
—¡Mal hecho…!, ¡mal hecho…! —masculló la Rana—. Esto la irrita, lo sabes. —Entonces se acercó a la puerta y le dio un gran puntapié—. Deja la puerta en paz —dijo mientras iba renqueando, jadeante, de regreso a su árbol— y verás cómo te deja a ti también en paz.
En aquel preciso instante se abrió de par en par la puerta y se oyó una voz chillona que cantaba:
Al mundo del Espejo una orden dio Alicia:
«Tengo cetro y corona y fama popular.
Venid, sin excepción, gente pobre y patricia
conmigo y las dos Reinas ahora mismo a cenar».
Y cientos de voces corearon a una:
Sin perder un instante, los vasos bien colmados,
esparzan por la mesa botones y salvado:
que en el café haya gatos, ratones en el té…
¡Salud, oh Reina Alicia, trescientas veces tres!
Se oyó después un confuso griterÃo de aclamaciones. Alicia pensó: «Trescientas veces tres son novecientas. ¿Habrá alguien que lleve la cuenta?». En cosa de un minuto se hizo otra vez silencio y la misma voz chillona de antes entonó otra estrofa: