Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas ¡Oh seres del Espejo, venid! —ordenó Alicia—.
¡El verme es un honor y el oÃrme un placer!
¡Un alto privilegio tener cena y beber
conmigo y las dos Reinas! ¿Cabe mayor delicia?
Y el coro prosiguió:
Llenen todos los vasos con melaza y con tinta
o cualquier otra cosa que a la lengua sea buena;
mezclen lana con vino, mezclen sidra y arena…
¡Seiscientas veces seis, salud, oh Reina Alicia!
—¡Seiscientas veces seis! —repitió con desesperación Alicia—. ¡Oh, asà no acabarán nunca! Mejor será entrar de una vez… —Y al entrar ella, se produjo un silencio sepulcral.
Mientras avanzaba por la gran sala, Alicia miró un poco nerviosa a ambos lados de la mesa y advirtió que habÃa unos cincuenta comensales, de todas clases: unos eran animales, otros pájaros y habÃa incluso algunas flores: «Me alegro de que hayan venido sin que yo tuviera que invitarlos —pensó—; ¡no habrÃa sabido nunca a quién debÃa invitar!».