Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Una carrera en comité y un cuento largo y con cola

De extraño aspecto era, ciertamente, el grupo que se congregó en la orilla: aves arrastrando tristemente sus plumas, animales con el pelaje pegado al cuerpo y todos chorreando, malhumorados e incómodos.

Por supuesto, la primera cuestión era decidir cómo secarse: hubo una consulta al respecto y, al cabo de unos minutos, Alicia se vio, con plena naturalidad, hablando familiarmente con ellos, como si los conociera de toda la vida. Mantuvo incluso una larga discusión con el Loro que, al final, enfurruñado, se limitaba a repetir:

—Soy mayor que tú; por tanto, tengo razón.

Alicia no podía admitir tal argumento sin saber qué edad tenía, y como el Loro se negaba en redondo a confesarla, no hubo más que hablar.

Por último, el Ratón, que entre ellos parecía gozar de cierta autoridad, gritó:

—¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Que os voy a dejar secos en cosa de un instante!

Al punto todos se sentaron, formando un gran círculo alrededor del Ratón. Alicia tenía clavada en él ansiosamente la mirada, porque estaba convencida de que pescaría un terrible resfriado si no se secaba muy pronto.


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