Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Me ha confundido con su criada! —se dijo mientras corrÃa—. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy! Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes… Bueno, si logro encontrarlos.
Mientras decÃa estas palabras, llegó ante una linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C. BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba, con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico.
—¡Qué raro parece —se dijo Alicia— eso de andar haciendo recados para un conejo! ¡Supongo que después de esto Dina también me mandará a hacer sus recados! —Y empezó a imaginar lo que ocurrirÃa en este caso: «¡Señorita Alicia, venga aquà inmediatamente y prepárese para salir de paseo!», dirÃa la niñera, y ella tendrÃa que contestar: «¡Voy en seguida! Ahora no puedo, porque tengo que vigilar esta ratonera hasta que vuelva Dina y cuidar de que no se escape ningún ratón»—. Claro que —siguió diciéndose Alicia—, si a Dina le daba por empezar a darnos órdenes, no creo que parara mucho tiempo en nuestra casa.