Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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El Capitán, hombre de una casi mórbida sensibilidad en lo tocante a las apariencias, solía desmontar el bauprés, una o dos veces por semana, para que lo volvieran a barnizar, y en más de una ocasión ocurrió que nadie a bordo podía recordar a qué extremo del barco pertenecía. Todos sabían que era perfectamente inútil consultar al Capitán. Este se habría limitado a consultar su Código Naval y a leerles en tono patético las Instrucciones del Almirantazgo, que ninguno de ellos había logrado descifrar; así que al fin, por regla general, lo sujetaban como buenamente podían, atravesándolo sobre el timón. El Timonel[*] solía asistir a la operación con lágrimas en los ojos; sabía que era un desastre, pero, ¡ay!, el artículo 42 del Código, «Prohibido hablar al Hombre del Timón», había sido completado por el propio Capitán con las palabras: «y prohibido que el Hombre del Timón hable con nadie». Así, toda objeción por su parte quedaba descartada y no cabía efectuar ningún movimiento del timón hasta el día en que tocara de nuevo barnizar. Durante estos desconcertantes intervalos, el barco solía navegar hacia atrás.






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