Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas »Se sazona con cola, se cuece con serrín;
con un esparadrapo y con langosta se espesa,
sin olvidar jamás que su auténtico fin
es el de preservar su apariencia simétrica.»
Aunque de buena gana, hasta el siguiente día,
el Carnicero habría seguido su lección,
la concluyó diciendo, con llanto de alegría,
que ya consideraba un amigo al Castor.
Y el Castor confesó, con ojos emotivos,
mucho más elocuentes que el mismísimo llanto,
que en cosa de minutos más había aprendido
que libros le enseñaran en muchísimos años.
Volvieron de la mano, y el Capitán, transido,
de forma pasajera, por la noble emoción,
declaró: «¡Esto compensa los días aburridos
que hemos pasado juntos en la navegación!».
Castor y Carnicero se hicieron tan amigos
que un hecho parecido (si cabe) es bien ignoto;
era siempre lo mismo, en invierno o estío: