Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Primero, el grabador de Londres, que me habían recomendado para fotografiar página por página el libro y preparar las planchas de cinc, rehusó emprender el trabajo a menos que le confiase el libro, a lo cual me opuse rotundamente. Sentía que, en respuesta a su gran amabilidad al prestarme un libro tan singular, había contraído con usted la deuda de no permitir que fuera ni siquiera tocado por las manos de los operarios. En vano le propuse trasladarme a Londres con el libro, y acudir cada día al estudio para colocarlo en su lugar y pasar las páginas según lo exigiera su fotografía. Él dijo que no era factible porque «en el taller se fotografiaban obras de otros autores que, bajo ningún concepto, podían ser vistas por el público». Me comprometí a no mirar nada que no fuera mi propio libro; pero fue inútil: no llegamos a un acuerdo.

Luego me recomendaron a cierto Mr. Noad, excelente fotógrafo, pero dueño de un negocio tan mezquino que exigía que le pagara por adelantado, en sucesivas entregas, las planchas de cinc: él estaba dispuesto a venir a Oxford y efectuar aquí mismo el trabajo. Así que todo se hizo en mi estudio y estuve yo presente en todo momento para pasar las páginas.

Pero ¿no la habré abrumado ya con el asunto?


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