Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Ello suponía que catorce páginas (repartidas a lo largo del volumen) todavía nos seguían faltando. Esperé un poco más, y luego puse el asunto en manos de mi abogado, que pronto encontró al hombre pero no obtuvo de él sino promesas. «Usted nunca conseguirá las planchas —me dijo el abogado— a menos que lo amedrente convocándolo a juicio.» Al fin, aunque de mala gana, me atuve a su consejo: la citación debía tener lugar en Stratford-le-Bow (lugar donde vive este hombre exasperante), y ello me suponía dos viajes desde Eastbourne, uno para conseguir la citación (mi presencia personal era necesaria) y otro para acudir al tribunal con el abogado el día fijado para la audiencia. El demandado no se presentó. El juez declaró entonces que se instruiría el caso en su ausencia. Luego pasé la nueva y penosa experiencia de ser requerido en la tribuna de los testigos, donde presté juramento y sufrí el interrogatorio de un feroz oficial que parecía pensar que, intimidándome lo suficiente, pronto lograría cogerme en falso testimonio. Tuve que darle al juez una pequeña conferencia sobre el fotograbado en cinc, y el pobre hombre declaró que el asunto era para él tan complicado que tenía que aplazarlo otra semana. Pero esta vez, a fin de garantizar la presencia del inencontrable demandado, lanzó contra él una orden de busca y captura, y el comisario recibió órdenes de tenerlo bajo custodia y de alojarlo en la cárcel la víspera del día en que iba a reanudarse el caso. La noticia de esto efectivamente lo asustó, y envió los catorce negativos (no había realizado las planchas) antes del día fatídico. Me alegró el conseguirlos, pese a verme obligado a pagar por segunda vez las catorce planchas, y retiré mi acusación.