Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Más de un día habíamos remado juntos por aquellas tranquilas aguas —las tres pequeñas doncellas y yo— y más de un cuento mágico había sido improvisado en su honor —bien fuera en momentos en que estuviera «en vena» el narrador, y entonces las fantasías se agolpaban de improviso, bien fuera en otros en que la agotada Musa había de ser aguijada, y si avanzaba cansinamente era más porque tenía que decir algo que porque tuviera algo que decir—. Sin embargo, de ninguno de esos muchos cuentos quedó constancia escrita: vivieron y murieron, como moscas estivales, cada cual en sus respectivas tardes doradas, hasta que un día, fortuitamente, una de mis pequeñas oyentes me rogó que se lo escribiera por entero. De esto hace ya muchos años, pero ahora, cuando escribo estas líneas, recuerdo claramente cómo, en un desesperado intento de crear una nueva forma de género feérico, había metido de cabeza a mi heroína, para empezar, dentro de una madriguera, sin tener la menor idea de lo que iba a suceder después. Y así, por dar gusto a una niña a la que quería (no recuerdo ningún otro motivo), lo estampé en manuscrito y lo ilustré con mis propios dibujos tan toscos —dibujos rebeldes ante todas las leyes de la Anatomía o del Arte (porque no recibí nunca clases de esa materia)—, el libro que acabo de publicar en facsímil. Al transcribirlo, lo enriquecí con muchas ideas nuevas, que parecían brotar por sí mismas del tronco original; y otras muchas más se agregaron años después, cuando lo volví a reescribir para su publicación: pero (y esto puede interesar a algunos lectores de Alicia) cada una de las ideas y casi cada una de las palabras del diálogo me vinieron por sí solas. A veces una idea me venía por la noche, obligándome a levantarme y a encender la luz para anotarla; otras me venían en el curso de algún solitario paseo invernal y tenía que pararme y, con los dedos entumecidos del frío, pergeñaba unas pocas palabras para impedir que pereciera la recién nacida idea. Pero, fuera cual fuese el momento y la circunstancia, todo venía por sí solo. No puedo ajustar la invención al avance regular de un reloj al que se da cuerda por propia voluntad, ni creo que exista un solo escrito original (¿y qué otro escrito merece ser preservado?) producido así. Si uno toma asiento, sin pasión ni inspiración, y se obliga a escribir durante horas seguidas, solamente producirá (al menos estoy seguro de que yo simplemente produciría) alguno de esos artículos que llenan, en la medida en que estoy capacitado para juzgarlos, dos tercios de casi todas las revistas —cuanto más fáciles de escribir, más fastidiosas de leer—: lo que se dice «material de relleno», y eso es a mi juicio una de las cosas más detestables de la literatura moderna. Alicia y A través del espejo fueron compuestos casi íntegramente a partir de trozos y fragmentos, ideas sueltas que me vinieron por sí solas. Quizá hayan sido pobres; pero al menos eran lo mejor que tenía yo para ofrecer: y no puedo desear que se escriba de mí un mayor elogio que el que encierran estos versos de un Poeta, escritos también sobre un Poeta:


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