Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Sal, pues, de las sombras del pasado, «Alicia», niña de mis sueños. Muchos años han transcurrido desde aquella «tarde dorada» que te dio vida, pero la puedo evocar casi tan claramente como si fuera ayer: el azul de un cielo límpido arriba, el miraje del agua a nuestros pies, el perezoso discurrir de la barca, el gotear de los remos tan torpemente manejados de un lado a otro y, como único y brillante destello de vida en toda aquella somnolienta escena, los tres rostros impacientes, ávidos de noticias del país de las hadas, sin querer escuchar ni un solo «no» y en cuyos labios las palabras «Cuéntanos una historia, por favor», ¡tenían toda la terminante inmutabilidad del Destino!

¿Qué fuiste tú, soñada Alicia, a los ojos de tu padre putativo? ¿Cómo podrá él retratarte? Amorosa, primero, amorosa y gentil: amorosa como un perro (perdona la prosaica comparación, pero no conozco ningún amor terreno tan puro y perfecto) y gentil como un cervatillo; también cortés, cortés con todo ser viviente, alto o bajo, grande o grotesco, Rey u Oruga, como si ella misma fuera hija de Rey y sus vestidos fueran de oro; asimismo llena de confianza, dispuesta a aceptar las peores inverosimilitudes con esa fe profunda que solo conocen los soñadores; y finalmente, curiosa, intensamente curiosa, y con esa ansia de vivir que solo se da en las felices horas de la infancia, cuando todo es nuevo y bello, y cuando Pecado y Pesar no son sino nombres, ¡nombres totalmente desprovistos de significación!


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