Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Por entonces, Alicia había encontrado el camino que conducía a un cuartito muy aseado, con una mesa junto a la ventana, sobre la cual (tal como ella esperaba) había un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla: recogió el abanico y un par de guantes y, cuando estaba a punto de dejar la habitación, sus ojos se posaron sobre una botellita junto al espejo. Esta vez no había ninguna etiqueta que dijera «BÉBEME», a pesar de lo cual la destapó y se la llevó a los labios. «La regla es que coma lo que coma o beba lo que beba ocurre algo interesante —se dijo—: así pues, a ver qué efecto tiene esta botella. ¡Espero que me haga crecer otra vez, porque estoy realmente harta de ser tan pequeñita!»

Y así fue, en efecto, mucho más deprisa de lo que había previsto: antes de haberse bebido la mitad de la botella, notó que el techo le oprimía en la cabeza y se tuvo que inclinar para no romperse el cuello. Dejó inmediatamente la botella, diciéndose: «Es suficiente… no vaya a crecer más… Ahora ni puedo cruzar la puerta… ¡Por qué habré bebido tanto!».





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