Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Pero ¡ay, demasiado tarde…! Siguió creciendo y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas; un minuto después, ni para eso había espacio, y trató de tumbarse con un codo contra la puerta y el otro brazo arrollado a la cabeza. Aún seguía creciendo y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie en la chimenea, diciendo: «Ya no puedo crecer más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí?».

Por suerte para Alicia, la botellita mágica ya había hecho todo su efecto, y no creció más. Aun así, estaba muy incómoda y, como no parecía haber posibilidad de salir del cuarto, no era extraño que Alicia se sintiera desdichada.

«En casa —pensó la pobre Alicia— estaba mucho mejor, sin cambiar continuamente de tamaño y sin estar a merced de ratones y conejos. Casi habría preferido no haber entrado en la madriguera… a pesar de que… ¡qué curiosa es esta clase de vida! ¿Qué me habrá sucedido? Cuando leía cuentos de hadas, pensaba que tales cosas no ocurrían nunca, y ahora ¡aquí me tienes metida en una de ellas! Debería escribirse un libro sobre mis aventuras ¡y tanto que sí! Cuando crezca, lo escribiré yo… ¡Pero si ya estoy crecida —añadió en tono lastimero—: al menos aquí, no hay espacio para crecer más!»


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