Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Bueno, quizás usted no haya sentido hasta ahora nada parecido —dijo Alicia—, pero cuando se convierta en crisálida, cosa que ocurrirá cualquier dÃa, y después en mariposa, me parece que todo le parecerá un poco raro, ¿no cree?
—Ni pizca —declaró la Oruga.
—Bueno, quizá los sentimientos de usted sean distintos a los mÃos, porque le aseguro que a mà me parecerÃa muy raro.
—¡A ti! —dijo la Oruga con desprecio—. ¿Quién eres tú?
Con lo cual volvÃan al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:
—Me parece que es usted la que deberÃa decirme primero quién es.
—¿Por qué? —inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difÃcil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecÃa seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.
—¡Ven aquÃ! —la llamó la Oruga a sus espaldas—. ¡Tengo algo importante que decirte!
Estas palabras sonaban prometedoras, y Alicia dio otra media vuelta y volvió atrás.
—¡Vigila este mal genio! —sentenció la Oruga.