Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Y prosiguió así, primero en un papel y luego en otro, creando con ambos una especie de conversación; pero, unos minutos después, oyó afuera una voz y se dispuso a escuchar.
—¡Mary Ann! ¡Mary Ann! —decía la voz—. ¡Tráeme enseguida los guantes!
Oyó luego en la escalera un leve sonar de pasos. Alicia adivinó que era el Conejo que subía a buscarla, y tembló de tal forma que sacudió toda la casa, olvidando por completo que ahora era unas mil veces mayor que el Conejo y que no había motivo para asustarse.
El Conejo llegó casi enseguida a la puerta e intentó abrirla; pero, como la puerta se abría hacia dentro y el codo de Alicia la presionaba con fuerza, fracasó en su intento. Alicia oyó que el Conejo decía para sí: «Daré la vuelta y entraré por la ventana».
«¡Eso sí que no!», pensó Alicia y, tras esperar hasta que se imaginó que oía al Conejo bajo la ventana, alargó de repente hacia fuera la mano, con ademán de atraparlo en el aire. No atrapó nada, pero oyó un pequeño chillido, una caída y un estrépito de vidrios rotos, de lo cual dedujo que posiblemente había caído en un invernáculo de pepinos o algo por el estilo.
Después le llegó una voz airada (la del Conejo):
—¡Pat, Pat! ¿Dónde estás?
Y luego otra que Alicia no había oído hasta entonces: