Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas «Y sin embargo, ¡qué tierno era el cachorrillo!», dijo Alicia mientras se recostaba sobre una campanilla para descansar y se abanicaba con una de las hojas. «Me habría gustado mucho enseñarle a hacer monadas… ¡si hubiera tenido el tamaño adecuado para ello! ¡Ay, Dios mío, si casi había olvidado que he de volver a crecer! Vamos a ver: ¿cómo voy a conseguirlo? Calculo que debería comer o beber alguna que otra cosa; pero la gran cuestión es ¿qué?»
La gran cuestión era ciertamente «¿qué?». Alicia posó la mirada sobre las flores y briznas de hierba que había alrededor, pero no pudo ver nada que pareciera apropiado para comer o beber en aquellas circunstancias. Cerca de ella había una gran seta, más o menos de su misma altura y una vez que la hubo inspeccionado por debajo, por los lados y por detrás, se le ocurrió que también podía inspeccionarla por encima.
Se puso de puntillas y, atisbando sobre el borde de la seta, sus ojos inmediatamente se encontraron con los de una gran oruga azul, que estaba sentada en lo alto, con los brazos cruzados, fumando tranquilamente un gran narguile, sin prestar la menor atención ni a Alicia ni a cosa alguna.