Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad para repetir su observación, con variaciones:
—Estaré sentado aquà —dijo— dÃas y dÃas.
—Pero ¿qué tengo que hacer yo? —insistió Alicia.
—Lo que se te antoje —dijo el criado, y empezó a silbar.
—¡Oh, no sirve para nada hablar con él! —murmuró Alicia desesperada—. ¡Es un perfecto idiota!
Abrió la puerta y entró en la casa.
La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba completamente llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada sobre un taburete de tres patas y con un bebé en los brazos. La cocinera se inclinaba sobre el fogón y revolvÃa el interior de un enorme puchero que parecÃa estar lleno de sopa.

—¡Esta sopa tiene por descontado demasiada pimienta! —se dijo Alicia para sus adentros, mientras soltaba el primer estornudo.