Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Bueno, entonces, largo! —dijo, resentida, la Paloma, en tanto se instalaba nuevamente en su nido. Alicia se agachó para sortear los árboles como buenamente podÃa, porque el cuello se le enredaba entre las ramas y a cada momento tenÃa que detenerse para desenredarlo. Al cabo de un rato recordó que aún tenÃa en las manos los trocitos de seta y se puso prudentemente a mordisquear primero de uno y luego de otro, unas veces creciendo y otras menguando, hasta que logró recuperar su estatura normal.
HacÃa tanto tiempo que la habÃa perdido que al principio se sintió muy extraña; pero pronto se habituó y, como siempre, se puso a hablar sola: «¡Vaya, está lista la mitad del proyecto! ¡Qué desconcertantes son todos estos cambios! ¡Nunca estoy segura de lo que voy a ser un minuto después! Sin embargo, ya he recuperado mi talla normal: lo siguiente es entrar en ese bello jardÃn… ¿Cómo voy a hacerlo?». Mientras asà hablaba, llegó de pronto a un claro, con una casita en él de un metro veinte de alto. «Es impensable entrar y presentarse con semejante tamaño. ¡Quienquiera que viva allà se morirÃa del susto!» Asà que empezó a mordisquear de nuevo el trocito de la mano derecha y no se atrevió a acercarse a la casa hasta reducir su talla a unos veinticinco centÃmetros.