Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Yo…, yo soy una niña —concluyó Alicia sin mucha convicción, al recordar los numerosos cambios por los que habÃa pasado durante aquel dÃa.
—¡No me vengas con cuentos! —dijo la Paloma con el más profundo desprecio—. ¡He visto en mi vida a muchas niñas, pero ni una con un cuello como ese! ¡No, no! Tú eres una serpiente; y es inútil que lo niegues. ¡Supongo que ahora vas a decirme que nunca has saboreado un huevo!
—Claro que sà —dijo Alicia con mucha franqueza—, pero las niñas comen huevos igual que las serpientes.
—No me lo creo —dijo la Paloma—; pero, mira, si lo hacen, es porque son un tipo de serpientes: he dicho.
Esta idea era tan nueva para Alicia que por uno o dos minutos se quedó callada, lo que aprovechó la Paloma para añadir:
—Tú estás buscando huevos, eso se ve a la legua; ¿y qué me importa a mà que seas niña o serpiente?
—Pues a mà sà que me importa —se apresuró a decir Alicia—; pero sucede que no busco huevos y, si asà fuera, no querrÃa los tuyos: no me gustan crudos.