Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Serpiente, lo repito! —exclamó la Paloma, pero en tono menos duro, y añadió con una especie de sollozo—: ¡Lo he probado todo, pero con ellas nada da resultado!
—No sé en absoluto de qué me hablas —dijo Alicia.
—He probado las raÃces de los árboles, he probado las riberas y he probado los setos —continuó la Paloma sin escucharla—, pero a esas serpientes ¡no hay modo de contentarlas!
Alicia estaba cada vez más perpleja, pero estimó que era inútil decir nada en tanto la Paloma no hubiera terminado.
—¡Como si incubar no fuera en sà bastante pesado! —dijo la Paloma—; ¡encima hay que estar vigilando dÃa y noche por culpa de las serpientes! ¡No he pegado ojo en estas tres semanas!
—Siento mucho que le importunen tanto —dijo Alicia, que ya empezaba a comprender.
—¡Y justo cuando elijo el árbol más alto del bosque —prosiguió la Paloma, alzando la voz hasta un chillido—, y justo cuando pensaba que por fin me librarÃa de ellas, va y desciende una, culebreando desde el cielo! ¡Uf, la serpiente!
—¡Pero te repito que no soy una serpiente! —dijo Alicia—. Soy una…, soy una…
—Bueno, ¿qué eres? —dijo la Paloma—. ¡Ya veo que tratas de inventarte algo!