Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas «¡Vaya, por fin tengo la cabeza libre!», dijo Alicia en tono de satisfacción, que muy pronto se transformó en alarma al advertir que no podÃa encontrar en parte alguna sus hombros. Todo lo que podÃa ver, al mirar hacia abajo, era un cuello inmensamente largo que parecÃa elevarse como una caña de un mar de hojitas verdes que se extendÃa lejos por debajo de ella.
«¿Qué será todo ese verde? —dijo Alicia—. ¿Y dónde estarán mis hombros? ¡Ay, pobres manos mÃas!, ¿cómo es que no puedo veros?» Alicia las movÃa al hablar, pero sin más resultado que el de una leve agitación entre el verdor distante.
Como no parecÃa haber ninguna posibilidad de levantar las manos hasta la cabeza, intentó bajar la cabeza hasta las manos y, con no poca alegrÃa, constató que podÃa doblar el cuello fácilmente en cualquier dirección, como si fuera una serpiente. Ya habÃa logrado doblarlo en un gracioso zigzag y a punto estaba de sumergirse en las hojas que, según averiguó, no eran sino las copas de los árboles bajo los cuales habÃa estado errando, cuando un agudo chirrido la obligó a retroceder precipitadamente: una gran paloma se le habÃa abalanzado y le golpeaba violentamente la cara con sus alas.
—¡Serpiente! —chilló la Paloma.
—¡No soy una serpiente! —dijo Alicia indignada—. ¡Déjame en paz!