FantasmagorÃa
FantasmagorÃa «Es posible que fueras el mejor
que pudieran mandarme,
pero a un crÃo escoger para un señor
de cuarenta y dos años no es —le dije—
hacerme gran honor».
«Has de saber que no soy tan pequeño
—replicó— como piensas.
En más de un antro oscuro y ribereño,
y en otros mil lugares, me he entrenado
con grandÃsimo empeño.
Mas hoy por vez primera mis desmanes
perpetro en una casa.
¡Qué nervios! He olvidado en mis afanes
las Cinco Sabias Reglas de Etiqueta,
precisas cual refranes».
Sentà un creciente apego inesperado
por aquel fantasmilla.
¡Estaba tan confuso y azorado
de haberse al fin, después de tanto tiempo,
con un mortal topado!
«Me agrada —dije— haber averiguado
que un trasgo no es un zote.
Siéntate, por favor. Si no has cenado,
sin duda tendrás ganas, como yo,
de probar un bocado,
por más que tu apariencia haga dudar
de que ingieras comida.