FantasmagorÃa
FantasmagorÃa ni a quién seguir quisiera!
Vista como se vea, es un dechado
de imperfecciones claro y manifiesto,
a fe de trasgo honrado.
¡Estos buenos cigarros no mereces!
¿A cuánto es la docena?».
«De discreción es claro que careces
—gruñ×. Te estás tomando tal confianza
que mi primo pareces.
Eso es algo que yo no te permito,
y asà te lo declaro».
«¡Ajá! —repuso—. ¿Haciéndote el gallito?
—y una botella asió—. Verás qué pronto
tu orgullo finiquito».
Apuntó entonces con precisión tal,
diciendo «¡Allá va!» alegre,
que, aunque quise agacharme, lo hice mal,
y la botella terminó alcanzando
mi apéndice nasal.
No me queda ningún conocimiento
de lo que allà pasó.
En el suelo me vi tomando asiento,
repitiendo: «Aunque treinta y diez son veinte,
diez y treinta son ciento».
De lo que ocurrió luego nada sé.
Solamente recuerdo