Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Efectivamente, excelencia —estaba diciendo el barón cuando entramos en la biblioteca—. Toda la infanterÃa se hallaba bajo mi mando. —Se giró, y fue debidamente presentado a milady.
—¿Un héroe bélico? —dijo esta. El rechoncho hombrecito puso una sonrisilla tonta.
—Bueno, asà es —respondió, agachando modestamente la mirada—. Mis ancestros fueron todos célebres por su genio militar.
Milady sonrió gentilmente.
—Se trata a menudo de algo hereditario —comentó—; igual que el amor por la reposterÃa.
El baron pareció ofenderse ligeramente, y el vicerrector cambió de tema de manera sutil.
—La cena estará pronto lista —dijo—. ¿Me concede el honor de acompañar a su adiposidad a la habitación de invitados?
—¡Desde luego, desde luego! —asintió con entusiasmo el barón—. ¡Nunca se debe hacer esperar a la cena! —Dicho lo cual, salió de la sala casi al trote siguiendo al vicerrector.
Regresó tan rápido que este último apenas tuvo tiempo de explicarle a milady que su comentario acerca de «el amor por la reposterÃa» habÃa sido…
—… desafortunado. TendrÃas que haber visto a la legua —añadió— que estaba dándose aires de importancia. ¡Genio militar, sÃ, claro! ¡Bah!