Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Cuánto lo lamento! —exclamó milady, mientras su esposo y ella lo ayudaban a ponerse de nuevo en pie—. ¡Mi hijo se disponÃa a decir «sesenta y tres» cuando se ha caÃdo!
El barón no dijo nada: estaba cubierto de polvo y parecÃa muy dolorido, tanto fÃsica como emocionalmente. No obstante, una vez que lo llevaron adentro, y tras darle un buen cepillado, las cosas tomaron mejor cariz.
La cena se sirvió a su debida hora, y cada nuevo plato parecÃa acrecentar el buen humor del barón, mas todos los esfuerzos para que expresase su opinión sobre la inteligencia de Uggug fueron vanos, hasta que el interesante muchacho abandonó la sala, y se le vio por la ventana abierta rondando el jardÃn con un cestillo, el cual estaba llenando de ranas.
—¡Cómo le gusta la historia natural a mi cariñito! —dijo la madre de su adorado hijo—. ¡Ahora dÃganos, barón, qué opina de él!
—Para ser totalmente franco —dijo el cauto barón—, me gustarÃa disponer de unas pocas pruebas más. Creo que mencionó sus dotes para la…
—¿Música? —terminó la frase el vicerrector—. ¡Oh, es sencillamente un prodigio! Tocará el piano para usted. —Se acercó a la ventana—. Ug… quiero decir, ¡muchacho! Ven un segundo, ¡y trae al maestro de música contigo! Para pasarle las páginas de la partitura —agregó como explicación.