Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Oh, eso no es nada! —observó el profesor con despreocupación, hurgando en su bolsillo, como si siempre llevara por lo menos dicha cantidad consigo—. ¿Pero no preferiría esperar un añito más y que pasen a ser cuatro mil? ¡Piense tan sólo en lo rico que sería! ¡Podría ser rey, si quisiera!

—No sé si querría ser rey —dijo el hombre, pensativo—. ¡Pero desde luego parece un buen montón de dinero! Está bien, creo que esperaré…

—¡Claro que sí! —asintió el profesor—. Veo que es usted muy sensato. ¡Que tenga un buen día!

—¿Tendrá algún día que pagarle esas cuatro mil libras? —preguntó Silvia cuando la puerta se cerró tras el acreedor.

—¡Nunca, mi niña! —contestó enfáticamente el profesor—. Seguirá doblándola, hasta que muera. ¡Entenderéis que siempre merece la pena esperar un año más para conseguir el doble de dinero! Y ahora, ¿qué os gustaría hacer, amiguitos míos? ¿Os parece bien que os lleve a ver al otro profesor? Es una ocasión excelente para una visita —dijo para sí, echando un vistazo a su reloj—: normalmente se toma un breve descanso, de catorce minutos y medio, sobre esta hora.

Bruno dio un rápido rodeo hasta Silvia, que se encontraba al otro lado del profesor, y le cogió la mano.


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