Silvia y Bruno

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—Bastante a menudo, me temo —confesó con franqueza el profesor—. Por ejemplo, están la conejera y el reloj del salón —señaló—. Uno los confunde un poco… porque los dos tienen puertas, como sabéis. Ayer mismo, ¿os lo podéis creer?, metí unas lechugas en el reloj, ¡y traté de dar cuerda al conejo!

—¿Y el conejo madchaba, después de habedle dado cuedda? —inquirió Bruno.

El profesor se llevó las manos a la cabeza, y gimió:

—¿Que si marchaba? ¡Me parece que sí! ¡De hecho, se ha marchado! Y a dónde… ¡eso es lo que no puedo averiguar! Lo he intentado todo… me he leído entero el artículo «Conejo» en la encielopedia… ¡Pase!

—Soy sólo el sastre, señor, con su pequeña factura —dijo una voz suave al otro lado de la puerta.

—Ah, bien, me ocuparé enseguida de este asunto con él —apuntó el profesor hacia los niños—, si no os importa esperar un minuto. ¿Cuánto es, este año, buen hombre? —El sastre había entrado en la habitación mientras hablaba.

—Bueno, verá, la cifra lleva doblándose muchos años —respondió el sastre, de forma un poco desabrida— y creo que me gustaría que me pagara ya. ¡Son dos mil libras!


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