Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Cdeo que nos gustaría id —dijo con recelo—, pero podfavod, vayamos todos juntos. Es mejod sed pdudentes, ¿sabe?

—¡Ahora hablas como Silvia! —exclamó el profesor.

—Lo sé —contestó Bruno muy humildemente—. Olvidé pod completo que no era ella. ¡Es que he pensado que podía sed una pedsona peligdosa!

El profesor rio alegremente.

—¡Oh, es totalmente inofensivo! —dijo—. No muerde. Sencillamente, es un poco… un poco «soñador», ¿sabéis? —Agarró la otra mano de Bruno y llevó a los niños por un largo pasillo en el que yo nunca antes había reparado, lo cual tampoco resultaba en absoluto sorprendente: iba descubriendo a cada momento nuevas habitaciones y corredores en aquel misterioso palacio, y con escasa frecuencia lograba encontrar de nuevo los ya visitados.

Poco antes de llegar al final del pasillo, el profesor se detuvo.

—Esta es la habitación —dijo, señalando la pared maciza.

—¡No podemos pasad pod ahí! —exclamó Bruno.

Silvia guardó silencio hasta que hubo examinado atentamente si el muro se abría por alguna parte. Entonces se echó a reír de manera jovial.


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