Silvia y Bruno

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—¡Nos estás gastando una broma, anciano encantador! —dijo—. ¡Aquí no hay ninguna puerta!

—La habitación no tiene puertas —explicó el profesor—. Tendremos que entrar por la ventana.

De modo que fuimos hasta el jardín y no tardamos en hallar la ventana de la habitación del otro profesor. Era una ventana en la planta baja, y se encontraba invitadoramente abierta; el profesor aupó primero a los dos niños para que entraran, y después él y yo trepamos al alféizar para seguirlos.

El otro profesor estaba sentado frente a una mesa, con un gran libro abierto delante, sobre el cual tenía la frente apoyada; abrazaba el libro con ambos brazos, y roncaba con fuerza.

—Lee así, por lo general —comentó el profesor—, cuando el libro es muy interesante, ¡y entonces a veces cuesta mucho conseguir que atienda!

Aquella parecía ser una de esas ocasiones difíciles; el profesor lo levantó, una o dos veces, y lo zarandeó violentamente, pero siempre retornaba a su libro en cuanto se lo soltaba, y mostraba con su pesada respiración que el libro seguía siendo tan interesante como siempre.


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