Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Qué ensimismado está! —exclamó el profesor—. ¡Debe de haber llegado a una parte del libro interesantÃsima! —Y descargó una buena lluvia de golpes sobre la espalda del otro profesor, mientras gritaba sin parar—: ¡Eh! ¡Eh! —Luego le dijo a Bruno—: ¿No es asombroso que esté tan abstraÃdo?
—Si siempde está tan dodmido —observó Bruno—, ¡no me extdaña!
—¿Pero qué vamos a hacer? —dijo el profesor—. Como veis, ¡el libro lo tiene totalmente absorbido!
—¿Y si ciera el libdo? —sugirió Bruno.
—¡Eso es! —exclamó el profesor, encantado—. ¡Eso servirá, no hay duda! —Y cerró el libro con tanta brusquedad que pilló con fuerza la nariz del otro profesor entre las hojas.
Este se levantó al instante y llevó el libro al fondo de la habitación, donde lo devolvió a su sitio en la librerÃa.
—He estado leyendo dieciocho horas y tres cuartos —dijo—, y ahora me tomaré un descanso de catorce minutos y medio. ¿La charla está lista?
—Prácticamente —contestó de manera humilde el profesor—. Le pediré consejo en uno o dos puntos… habrá unas cuantas dificultades de poca importancia…
—Y dijo usted que habrÃa un banquete, si no recuerdo mal.