Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Oh, sÃ! El banquete tendrá lugar antes, por supuesto. La gente nunca disfruta de la ciencia abstracta, ya sabe, cuando le ruge el estómago. Y también está el baile de disfraces. ¡Oh, será de lo más entretenido!
—¿En qué momento será el baile? —preguntó el otro profesor.
—En mi opinión deberÃa celebrarse al principio del banquete… viene muy bien para que la gente rompa el hielo, ya sabe.
—SÃ, ese es el orden correcto. Primero el conocer; luego el comer; y después el placer… ¡pues estoy seguro de que cualquier charla que imparta será un placer para nosotros! —dijo el otro profesor, el cual no habÃa dejado de darnos la espalda en ningún momento, ocupado como estaba en sacar los libros, uno por uno, y colocarlos cabeza abajo. Un caballete, que sostenÃa una pizarra, se hallaba cerca de él, y, cada vez que le daba la vuelta a un libro, hacÃa una marca en el encerado con un trozo de tiza.
—Y respecto al cuento del cerdo, que tan amablemente ha prometido narrarnos… —prosiguió el profesor, frotándose la barbilla con gesto pensativo—: Creo que lo mejor serÃa que lo hiciera al final del banquete; asà la gente podrÃa escucharlo con tranquilidad.
—¿Le parece que lo haga cantando? —preguntó el otro profesor, con una sonrisa de deleite.