Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Si es capaz… —respondió prudentemente el profesor.
—Deje que lo intente —dijo el otro profesor, sentándose al pianoforte—. Supongamos, por ejemplo, que comienza en la bemol —añadió, tocando la nota en cuestión—. ¡La, la, la! Creo que estoy dentro de la octava. —Volvió a tocar la nota y apeló a Bruno, que se encontraba a su lado—: ¿La he cantado como es debido, hijo?
—No, no lo ha hecho —respondió Bruno con gran decisión—. La ha cantado como bebido.
—El cantar una sola nota suele producir ese efecto —dijo el otro profesor con un suspiro—. Dejad que pruebe con una estrofa entera:
HabÃa una vez un cerdo sentado a solas
junto a una fuente rota,
que dÃa y noche se lamentaba;
a un corazón de piedra habrÃa conmovido
verlo retorcerse las pezuñas y soltar gemidos
porque era incapaz de saltar.
—¿DirÃa que era una melodÃa, profesor? —le preguntó a este, cuando hubo acabado.
El profesor caviló durante unos instantes.
—Bueno —dijo finalmente—, algunas de las notas son iguales entre sÃ… y otras diferentes… pero difÃcilmente llamarÃa yo a eso «melodÃa».