Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El letrado quieto lo observaba
con lástima medio contenida:
una lágrima en su ojo temblaba;
su mano el acuerdo sostenía.
Pero cuando al fin la profesión de nuevo
en su corazón se impuso,
dijo: «La Ley no tiene señor;
si no pagas seguirá su curso».
Y habló Pablo: «¡Cómo me arrepiento
de mi visita aquel día aciago!
¡Considera lo que haces, Pedro!
¡No serás más rico al estar calvo!
¿Crees que arrancándote los rizos
lograrás que mengüen tus problemas?
Frena esta violencia, te lo pido:
¡pues sólo más disgusto me creas!».
«Nunca a sabiendas infligiría
en tan buen corazón —Pedro dijo—
innecesario dolor o herida.
Mas, ¿por qué tan estricto, “amigo”?
Por muy legal que a lo mejor sea
pagar un préstamo inexistente,
¡yo creo que resulta un sistema
en extremo grado inconveniente!
»¡Tanta nobleza en mi alma no existe
como en la de algunos de estos tiempos!
—Pablo se sonrojó, pues humilde