Silvia y Bruno
Silvia y Bruno «Es imposible cambiar la fecha.
Ha de pagarse el cuatro de mayo».
«¡Qué remedio! —suspiró el deudor—.
Me marcho: abóname el importe.
Ganaré una libra honesta o dos
con una sociedad por acciones».
«Si parezco insensible, lo siento:
Te haré el préstamo, naturalmente;
mas, por unas semanas, encuentro
que no será… en fin, conveniente».

Cada semana, Pedro volvía,
para marcharse apesadumbrado;
la respuesta siempre era la misma:
«Hoy no te puedo dar lo que hablamos».
Y pasaron las lluvias de abril
—cinco semanas, prácticamente—
y aún Pablo replicaba así:
«Por el momento, ¡no es conveniente!».
Llegó el cuatro, y Pablo, puntual,
se presentó allí con un letrado.
«Creí mejor venir a tu hogar,
y dejar ya todo esto zanjado».
¡Qué desesperación la de Pedro!
Mechones se arrancaba frenético,
y muy pronto sus rubios cabellos
formaron en el suelo gran séquito.