Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Es que no era capaz de encontdadse otda vez? —preguntó Bruno—. ¿Pod qué no gditó? Está claro que se habdÃa oÃdo a sà mismo, podque no podÃa andad muy lejos, ¿sabéis?
—Probemos a llamarlo a voces —propuso el profesor.
—¿Y qué gritamos? —dijo Silvia.
—Pensándolo bien, no lo hagáis —contestó el profesor—. El vicerrector podrÃa oÃros. ¡Se está volviendo terriblemente estricto!
Aquello recordó a los pobres niños todos los problemas que les habÃan hecho acudir a su viejo amigo. Bruno se sentó en el suelo y comenzó a llorar.
—¡Es tan cduel! —sollozó—. ¡Y deja que Uggug me quite todos mis juguetes! ¡Y la comida es una podquedÃal!
—¿Qué has tenido hoy para cenar? —preguntó el profesor.
—Un tdocito de cuedvo muedto —fue la amarga contestación de Bruno.
—Quiere decir pastel de grajo —explicó Silvia.