Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Era un cuedvo muedto —insistió Bruno—. HabÃa un pudin de manzana… pero Uggug se lo comió entero… ¡y para mà sólo quedó un pedazo de masa! Y pedà una naranja… ¡y no me la dieron! —El pobre niño hundió el rostro en el regazo de Silvia, que tomó el relevo de la conversación, mientras le acariciaba continua y suavemente el pelo a su hermano:
—¡Todo es cierto, querido profesor! ¡Tratan de un modo horrible a mi precioso Bruno! Y conmigo tampoco se portan bien —añadió en un tono más bajo, como si eso fuera algo mucho menos importante.
El profesor sacó un gran pañuelo de seda roja y se enjugó las lágrimas.
—¡Ojalá fuera capaz de ayudaros, queridos niños! —dijo—. Pero ¿qué puedo hacer yo?
—Conocemos el camino a Hadalandia, a donde ha ido padre, bastante bien —expuso Silvia—; ojalá el jardinero nos dejara salir.
—¿No quiere abriros la puerta? —indagó el profesor.
—A nosotros no —dijo Silvia—, pero estoy segura de que sà lo harÃa para usted. ¡Venga y pÃdaselo, querido profesor!
—¡Iré ahora mismo! —anunció el profesor.
Bruno se incorporó y se secó los ojos.
—¿No le parece una pedsona amable, hombde señod?