Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Desde luego que sí —dije yo. Pero el profesor no se percató de mi comentario. Se había puesto un bonito gorro con una larga borla, y se encontraba eligiendo uno de los bastones del otro profesor de una bastonera en una esquina de la habitación.
—Empuñar un sólido bastón hace que la gente se vuelva respetuosa —decía para sí mismo—. ¡Venid, queridos niños! —Y todos salimos juntos al jardín.
—Me dirigiré a él, lo primero —explicó el profesor mientras caminábamos—, haciendo unos cuantos comentarios chistosos sobre el tiempo. Después le preguntaré por el otro profesor. Esto tendrá una doble ventaja. En primer lugar, iniciará la conversación (no se puede beber una botella de vino sin abrirla antes); y en segundo lugar, si ha visto al otro profesor, daremos así con él, y, de no ser así, seguiremos sin encontrarlo.
De camino, pasamos por delante de la diana a la que habían hecho disparar a Uggug durante la visita del embajador.
—¡Mirad! —exclamó el profesor, señalando un agujero en el centro de la diana—. Su obesidad imperial hizo un solo disparo, ¡y pasó justo por aquí!
Bruno examinó atentamente el agujero.
—No pudió pasad pod ahí —me susurró—. ¡Está demasiado goddo!