Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —La mitad que cuando lo cogimos; asà —indicó Bruno, extendiendo sus brazos al máximo.
Traté de realizar el cálculo de cuánto era aquello, pero me resultaba demasiado difÃcil. ¡Por favor, querido y pequeño lector, hazlo tú por mÃ!
—Pero no dejarÃais a la pobre criatura asà de corta, ¿no?

—No. Silvia y yo lo hicimos pasad otda vez pod la máquina y lo estiramos hasta… hasta… ¿cuánto fue, Silvia?
—Dos veces y media su longitud, y un poquitÃn más —señaló Silvia.
—Imagino que no preferirÃa estar asà a de la otra forma, ¿me equivoco?
—¡Oh, sà que lo hacÃa! —interpuso Bruno—. ¡Estaba odgulloso de su nueva cola! ¡Jamás vio un cocoddilo más odgulloso! Era capaz de girad sobde sà mismo y subid andando pod su cola, y pod su lomo, ¡hasta llegad a su cabeza!
—Hasta la misma cabeza no —dijo Silvia—. Eso es imposible, ¿sabes?