Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Oh, pero una vez lo hizo! —exclamó Bruno en tono triunfante—. Tú no lo viste, ¡pero yo sÃ! Caminaba de puntillas, para no despedtadse a sà mismo, podque cdeÃa que estaba dodmido. Y se subió con las dos patas a su cola. Y andó y andó pod su lomo, y luego pod su fdente. ¡Y una pizquitina pod su nariz! ¡Ahà lo tienes!
Aquello era mucho peor que el rompecabezas anterior. ¡Por favor, querido niño, ayúdame otra vez!
—¡Pues yo no me creo que ningún cocodrilo haya caminado nunca sobre su propia frente! —gritó Silvia, demasiado alterada por la controversia como para limitar el número de sus negaciones.
—¡No sabes pod qué lo hizo! —replicó desdeñoso su hermano—. TenÃa un muy buen motivo. Oà que dijo: «¿Qué me impide caminad sobde mi pdopia fdenté?». Asà que naturalmente lo hizo, ¿sabes?
—Si ese es buen motivo, Bruno —tercié yo—, ¿qué te impide a ti trepar a ese árbol?
—Lo haré, enseguida —contestó Bruno—, en cuanto hayamos tedminado de hablad. ¡Es que dos pedsonas no pueden hablad cómodamente, cuando una está tdepando a un ádbol, y la otda no!