Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Los tres tejones
Me vi siguiendo aquella voz imperiosa con una sensación aún más fuerte de estar soñando, hasta que entré en una habitación donde el earl, su hija y Arthur aguardaban sentados.
—¡Asà que por fin ha llegado! —dijo lady Muriel, en tono de pÃcaro reproche.
—Me entretuvieron —balbuceé. ¡Aunque habrÃa sido un embrollo explicar qué era lo que me habÃa entretenido! Por suerte no hubo preguntas al respecto.
Se llamó al carruaje, la canasta, que contenÃa nuestra contribución al picnic, se cargó debidamente a bordo, y nos pusimos en marcha.
No hubo necesidad de que yo mantuviera viva la conversación. Lady Muriel y Arthur se hallaban claramente en ese estado sumamente placentero en el que uno no ha de ponderar cada pensamiento, al acudir este a los labios, con el miedo de que «esto no será bien recibido… esto ofenderá… esto dará una impresión demasiado serÃa… esto parecerá frÃvolo»; como amigos que se conociesen de toda la vida, en total sintonÃa, su charla se desgranaba sin interrupción.
—¿Qué nos impide olvidar el picnic e ir a alguna otra parte? —sugirió ella de repente—. Un grupo de cuatro personas es sin duda suficiente, ¿no? Y en cuanto a la comida, nuestra canasta…