Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —«¿Qué nos impide?». ¡Qué argumento más auténticamente femenino! —rio Arthur—. ¡Una dama nunca sabe sobre qué lado recae el onus probandi… la carga de la prueba!
—¿Y los hombres sí? —preguntó ella adoptando una atractiva actitud de mansa docilidad.
—Con una excepción, la única que se me ocurre en este momento: el Dr. Watts[*], que planteó la absurda cuestión:
¿Por qué debería despojar a mi vecino de sus bienes contra su voluntad?
»¡Yaya un argumento para la honestidad! Su postura parece ser: “Soy honesto únicamente porque no veo motivo para robar”. Y la respuesta del ladrón es por supuesto rotunda y aplastante: “Despojo a mi vecino de sus bienes porque los quiero para mí. ¡Y lo hago contra su voluntad porque no hay ninguna posibilidad de que consienta a ello!”.
—Yo puedo darle otra excepción —dije—: un argumento que he escuchado hoy mismo, y no de labios de una mujer: «¿Qué me impide caminar sobre mi propia frente?».
—¡Qué tema de especulación más curioso! —comentó lady Muriel, girándose hacia mí, con ojos desbordantes de diversión—. ¿Se puede saber quién propuso la cuestión? ¿Y si logró caminar sobre su frente?