Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡No puedo recordar quién lo dijo! —respondí con voz entrecortada—. ¡Ni dónde lo oí!

—Quienquiera que fuese, ¡espero que lo conozcamos en el picnic! —dijo lady Muriel—. Es una cuestión mucho más interesante que: «¿No resultan pintorescas estas ruinas?», «¿No son adorables esos tonos otoñales?». ¡Tendré que responder a esas dos preguntas diez veces, como mínimo, esta tarde!

—¡Ese es uno de los suplicios de la sociedad! —apuntó Arthur—. ¿Por qué no puede la gente dejarle a uno disfrutar de las maravillas de la naturaleza sin tener que decirlo a cada momento? ¿Por qué debería ser la vida un largo catecismo?

—Pues en una galería de arte resulta igual de horrible —observó el earl—. Visité la Real Academia de las Artes el pasado mayo, con un joven artista presuntuoso: ¡y a qué tormento me sometió! No me habría molestado que criticara los cuadros él solo, pero tenía que mostrarme de acuerdo con él… o de lo contrario haber discutido, ¡lo cual habría sido peor!

—Sus críticas eran despreciativas, naturalmente —dijo Arthur.

—¿Por qué «naturalmente»?


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