Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Ven ustedes —asà comenzaba el infeliz cada frase cómo se recorta sobre el claro cielo ese arco derruido en la mismÃsima cima de las ruinas? Está situado exactamente donde debe estar, y sobresale exactamente lo justo. Un poco más, o un poco menos, ¡y el conjunto se verÃa totalmente estropeado!

—¡Oh, qué arquitecto más talentoso! —murmuró Arthur de forma inaudible, salvo para mà y lady Muriel—. ¡Capaz de predecir el efecto exacto que tendrÃa su obra, una vez en ruinas, siglos después de su muerte!
—¿Y ven ustedes, allá donde esos árboles bajan por la colina —dijo señalándolos con un ademán de la mano y con el aire condescendiente del hombre que se ha dedicado personalmente a ordenar el paisaje—, cómo la neblina que se eleva desde el rÃo llena exactamente esos espacios en los que necesitamos indefinición para obtener un efecto artÃstico? AquÃ, en primer plano, unos cuantos toques de nitidez no están fuera de lugar, ¡pero un fondo sin neblina, ya saben, resulta sencillamente burdo! SÃ, ¡necesitamos la indefinición!
El orador me miró de forma tan expresa mientras pronunciaba estas palabras que me sentà obligado a contestar, y murmuré algo que venÃa a decir que, en mi caso, apenas notaba la necesidad, y que disfrutaba más viendo algo cuando realmente podÃa verlo.