Silvia y Bruno

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—¡En efecto! —aceptó bruscamente el hombretón mi discrepancia—. Desde su punto de vista, es una aserción correcta. Pero para cualquiera con alma para el arte, una visión así es ridícula. La naturaleza es una cosa. El arte, otra. La naturaleza nos muestra el mundo tal cual es. Pero el arte, como nos dice un autor latino… el arte, sabe usted… he olvidado las palabras…

—Ars est celare Naturam —interpuso Arthur con deliciosa prontitud.

—¡Exacto! —contestó el orador con aire aliviado—. ¡Gracias! Ars est celare Naturam… pero no es eso. —Y, durante unos breves y pacíficos momentos, el orador caviló, con el ceño fruncido, sobre la cita. La bienvenida oportunidad fue aprovechada, y otra voz rompió el silencio.

—¡Qué ruinas más encantadoras! —dijo a voz en grito una joven dama con anteojos, la personificación misma del progreso de la razón, mirando a lady Muriel, como adecuada destinataria de todos los comentarios realmente originales—. ¿Y no le parecen admirables esos tonos otoñales de los árboles? ¡A mí sí, profundamente!

Lady Muriel me lanzó una mirada significativa, pero respondió con admirable seriedad:

—¡Oh, por supuesto que sí! ¡Qué gran verdad!


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