Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Y no es sorprendente —continuó la joven dama, pasando con asombrosa celeridad del sentimiento a la ciencia— que el simple impacto de ciertos rayos de colores en la retina nos proporcione un placer tan exquisito?
—¿Ha estudiado usted entonces fisiologÃa? —inquirió cortésmente cierto médico de joven edad.
—¡Oh, sÃ! ¿A que es una ciencia maravillosa?
Arthur esbozó una sonrisa.
—¿No es cierto que parece una paradoja —siguió diciendo— que la imagen formada en la retina se halle invertida?
—Es desconcertante —admitió la dama con franqueza—. ¿Y por qué no vemos las cosas al revés?
—Entonces, ¿nunca ha oÃdo la teorÃa de que el cerebro también está invertido?
—¡Desde luego que no! ¡Qué hecho más hermoso! ¿Pero cómo puede demostrarse?
—Asà —contestó Arthur, con toda la seriedad de diez profesores fundidos en uno—: lo que llamamos «vértice» del cerebro es en realidad su «base», y viceversa; es una simple cuestión de nomenclatura.
Este último polisÃlabo zanjó la cuestión.
—¡Verdaderamente encantador! —exclamó la bella cientÃfica con entusiasmo—. ¡Le preguntaré a nuestro profesor de FisiologÃa por qué nunca nos habló de tan exquisita teorÃa!