Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Lo que darÃa por estar presente cuando lo haga! —me susurró Arthur cuando, a una señal de lady Muriel, nos desplazamos a donde se habÃan dejado las canastas juntas y nos entregamos al asunto más «sustancioso» del dÃa.
Nos «servimos» nosotros mismos, ya que la bárbara costumbre moderna (que combina dos cosas buenas de tal modo que asegura las incomodidades de ambas y las ventajas de ninguna) de ir de picnic con sirvientes que lo atiendan a uno, no habÃa llegado aún a aquella apartada región, y naturalmente los caballeros ni siquiera ocuparon sus sitios hasta que las damas estuvieron debidamente provistas de todas las comodidades imaginables. Entonces me aprovisioné de un plato de algo sólido y un vaso de algo lÃquido y encontré un hueco para sentarme al lado de lady Muriel.
Lo habÃan dejado libre, al parecer, para Arthur, en su calidad de extraño distinguido, pero a este le habÃa entrado la timidez y se habÃa colocado junto a la joven dama con anteojos, cuya voz chirriante ya habÃa desatado sobre la sociedad frases de tal ominosidad como «¡el hombre es un conjunto de rasgos de personalidad!» o «¡lo objetivo es alcanzable únicamente a través de lo subjetivo!», las cuales Arthur estaba soportando con coraje; pero varios de los rostros presentaban expresiones alarmantes, por lo que consideré que era hora de introducir algún tema menos metafÃsico.